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AVALANCHA ORIENTALISTA

Los más antiguos vestigios de la antropología, muestran que los seres humanos tenemos impresa en nuestra naturaleza la búsqueda de lo trascendente. Ayer como hoy, seguimos tratando de descifrar el sentido de nuestra esencia y espiritualidad.

Siempre hemos tenido la inquietud de conocer qué somos, qué sentido tiene la vida, quién nos ha creado, qué nos espera después de la muerte, quién y cómo es Dios, qué tipo de creencias y conductas son las más adecuadas, qué tipo de religiosidad debemos adoptar.

Dentro de esta perenne decodificación, el siglo veinte ha sido particularmente turbulento:

La primera mitad de la centuria estuvo caracterizada por “totalitarismos” que condujeron a exterminios masivos y guerras mundiales, resultado de la intolerancia.  La segunda mitad -en medio de su materialismo y consumismo- ha sido de búsqueda; sobreviniendo una vigorosa inquietud social y religiosa, expresada en tres tendencias básicas: el Concilio Vaticano II por parte del cristianismo católico, los fundamentalismos de los ayatolas musulmanes y las expansiones del esoterismo tibetano.

El acelerado intercambio de conceptos e imágenes que la tecnología y los medios de comunicación han proporcionado, nos ha enriquecido en muchos sentidos, al enterarnos de las formas de pensar y vivir que se tienen en otras regiones del planeta. 

Nuestro bagaje informativo y cultural se ha ampliado y con ellos incrementado los modos de entender y apreciar la vida. Pero esta “globalización” -en lo moral- también nos ha enfrentado al riesgo de “contaminarnos” con conceptos ajenos a nuestra idioscincracia, provenientes de individuos o sociedades, desarrollados a partir de contextos lejanos a nuestros principios, valores y costumbres.

En los últimos años han llegado a occidente una avalancha de conceptos de origen oriental, que sorprenden por su extraña sapiencia.   Penetran la entraña social, sustituyendo la inercia greco-latina y judeo-cristiana, que fundamenta la fe en la razón, que acepta lo sobrenatural en orden a lo natural y que rechaza aquello que teológicamente no puede entenderse racionalmente.

El orientalismo accede en forma de disciplinas físicas y alimentarias, control mental, desarrollo humano, invocaciones, magia y poderes curativos, promovidos por maestros que anuncian un cambio de era; espiritualidad y fuerza hermética, que traerán -dicen- un estado de bienestar evolutivo y generalizado para la humanidad.

La curiosidad ha motivado una creciente simpatía y hasta fascinación hacia los maestros de la tradición oriental. Miles rellenan así un vacío espiritual en un momento histórico de connotaciones simbólicas, en espera milenarística.

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