MAGIA Y AMULETOS
A lo largo de las páginas anteriores, hemos expuesto cómo el budismo consiste en un compendio de creencias “míticas”, a las que se les pretende otorgar un “supuesto” fundamento supracientífico y suprafilosófico. En contradicción con la concepción occidental de la vida, tales conocimientos no son abiertos y universales, sino que están reservados a ciertos elegidos, que los detentan y transmiten a unos pocos privilegiados, que los entienden y reciben gracias a lo que estiman su conciencia evolucionada.
Sustentados en el ocultismo transmitido por generaciones, hablan de metafísica en forma de conocimientos más allá de los evidentes y de poderes metafísicos que les permiten penetrar y modificar el mundo natural y cotidiano. En este sentido, el ocultismo que detentan se relaciona con ritos iniciáticos, actos de magia, uso de amuletos y supuestos procesos de sanación, en contradicción con el mundo científico y tecnológico.
El budismo -como esencia esotérica- realiza una serie de prácticas o ritos para obtener efectos no alcanzables por medios naturales, que se supone se logran en virtud de fuerzas espirituales misteriosas, energías impersonales o inmanentes a ciertas cosas, que los maestros pueden dirigir o canalizar hacia cambios en el modo de sentir de las personas, en la modificación de la suerte y los destinos, o hacia una supuesta obtención de la salud en padecimientos o enfermedades, cuando se trata de lo que llaman magia blanca, pero que bien puede transformarse en magia negra, si se encaminan al mal o al daño.
Estos ritos mágicos comprenden dos etapas: a) la invocación de frases rituales o mantrams, por los que suponen que la palabra tendrá la fuerza para hacer actuar aquellas fuerzas ocultas que demandan su intervención; b) la acción mágica instrumental de cosas y figuras, como las manos, las piedras o cuarzos, los amuletos o las pirámides, como formas materiales que suponen concentradoras de energías extraordinarias.
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