EL DIABLO
Los ángeles fueron creados en un instante. Almas puras, bellas y eternas; de inteligencia, libertad y claridad total. Serviam pronunciaron muchos... non serviam afirmaron otros. Libertad decisoria, que dividió a los ángeles y a los demonios. Conocieron a Dios en su trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo... Luzbel -luz bella- se rebeló junto con sus huestes, convirtiéndose en Lucifer, la luz fea... San Miguel en su fidelidad, quedó a cargo de la milicia celestial, proclamando: quién como Dios.
Deambulando por la creación, ángeles y demonios, son seres sobrenaturales. Los ángeles tienen completa fe, esperanza y caridad, gozan de la amistad de Dios y le asisten en el gobierno providencial de su creación. Mientras los demonios, creen en Dios, pero vagan desesperados y llenos de odio. Los unos adoran y sirven a Dios, y los otros le rechazan, pretendiendo subvertir el orden natural y sobrenatural del cosmos.
Soberbia y envidia son los pecados de Satanás: querer ser como Dios y entristecerse por la realeza de Jesucristo. Por ello la serpiente tienta a Adán y Eva, pidiéndoles desafiar el mandato de “no probar el fruto del árbol del bien y el mal”. El padre de la mentira les promete que serán como dioses; y nuestros primeros padres sucumben al engaño y la seducción. La muerte entra en el mundo y la historia humana consiste en la espera del Salvador. El Mesías nos gana la vida eterna en la Cruz, restableciendo el orden divino; el pecado nos gana la resurrección.
El diablo pretende tentar a Jesús en el desierto, le promete dejar el mundo si tan solo por un momento, se arrodillara ante él. Los fariseos se preguntan: ¿quién es éste, que hasta los demonios le obedecen? cuando Jesucristo les ordena abandonar a unos pobres poseidos. El Evangelio predica: las puertas del infierno no prevalecerán.
Al demonio hay que temerle y no. Hay que temerle porque es un ser sobrenatural, con facultades e inteligencia superior a nosotros; no hay que temerle porque si no queremos no puede dañarnos ni causarnos ningún mal. No es un Dios del mal (eso sería una maniqueismo). La verdad de Satanás es que se trata de un “ser” que mueve a lástima. Eligió no servir para toda la eternidad... es el perdedor por antonomasia, el fracasado irredento. Pero su empeño está en corromper, en romper las almas, en roerlas y alejarlas de Dios y conducirlas al infierno; ahí donde la ausencia de bien es total; ahí donde incluso se cree en Dios, pero la desesperanza y el odio reinan para siempre jamás.
La gente que no cree en el demonio está en desventaja. Enfrenta de manera vulnerable a un enemigo real. El diablo no es de cuernos, por supuesto; esa es una representación. Su espíritu no es material, aunque como los ángeles, se mueve entre nosotros. Es un ser. Tiene personalidad. No es una especulación filosófica ni religiosa. Se cita su existencia en las escrituras sagradas y en prácticamente todas las culturas. De hecho la conceptuación prevaleciente en occidente está derivada de los escritos de Platón. Obviamente no actúa ni puede actuar directamente en el mundo material. Lo hace a través de pensamientos fantásticos, falsos e ilógicos, antirracionales y anticientíficos.
El diablo no hace nada; seduce. Daña a las personas no con obras, sino con “ideas”. Actúa “susurrando”. Susurrar es soplar; inducir a pensamientos, o mejor dicho a “imaginaciones”. Nos induce a imaginar que podemos ser como dioses, a ensoberbesernos, a envidiar a otros; a disponer de nuestra vida con arbitrio total, en nombre de una libertad que se rebela contra el orden natural y divino; nos lleva a imaginar que Dios no puede realizar nuestro bien, o no quiere hacerlo, que nos descuida y desatiende; que somos engañados y traicionados por quienes nos quieren y aman; que la felicidad solo se alcanza con trampa y violencia, y que sin ellas, no sería posible lograr nuestro bien. Es el pecado la raíz de las dudas intelectuales, de las enemistades entre los hombres, de las actuaciones dolosas, de las agresiones fraticidas que conducen al enfrentamiento y a la comisión de delitos y las guerras.
El demonio nos “susurra” egoísmo y sensualidad; nos lleva a minimizar la maldad, haciéndola ver como un “supuesto” bien al que tenemos derecho de disfrutar: Nos induce a pensar que la maldad nos dará sabiduría, belleza, dinero, salud, poder, juventud, atractivo, éxito. Nos quita la idea de la virtud y la gracia santificante, así como de lo que es malo y pecado.
Satanás es el padre de la mentira y la vanidad, que nos pierde cuando accedemos a sus falsedades: a la tentación de ser hombres superiores, a estimarnos como superhombres que pueden actuar sobre otros a quienes consideran inferiores. Promete perfección sin virtud, pureza sin arrepentimiento, amistad sin amor, grandeza sin humildad; alejados de Dios, de su providencia, de sus mandamientos y sacramentos... el demonio no hace nada, sólo “susurra”, y si se le escucha, las personas se confunden y pueden desquiciarse.
El mal o los males que causa consisten en incomodidades espirituales, psicológicas y morales. El diablo tiene la intención de “enfermarnos” y perdernos. Prefiere las almas “grandes y buenas”, para que después arrastren a las pequeñas y pusilánimes... quiere sumirlas en el abismo. De los viciosos y malignos ni siquiera tiene gran preocupación porque éstos hacen lo suyo.
Observando desde las tinieblas, “susurrando”, engañando... el diablo “enferma” a las personas con ideas absurdas, obsesiones, falsas intrigas, distorsiones de la realidad, lamentos ficticios, celos irrefrenables, envidias, iras y odios..., psicopatías malsanas y endurecimientos de corazón. El diablo desea que las personas sufran, busca destruir su fe, esperanza y caridad; su salud y alegría. Suplantándolas con dudas, escepticismos, desesperación, desaliento, complejos, inseguridad y tristeza.
Dolor, sufrimiento, tensión... que sugestiona y acaba efectivamente con las personas... En términos espirituales, muchas enfermedades son causadas por el demonio; por eso la Biblia habla de que los “posesos” ofenden, gritan, tientan, retan y finalmente acaban por revolcarse. La distorsión del alma y de las ideas, se vuelve conducta patológica. Esta vinculación con la enfermedad y muerte del espíritu, de la razón, la voluntad, la libertad y el sentido común, explica porqué durante muchos siglos se ha hablado de enfermedades mentales como demoníacas. Aunque casos verdaderos no son en absoluto y por ningún motivo demoníacos.
El diablo es un asesino del espíritu. Un destructor. Un guerrero de la maldad total; quiere que nos condenemos, alejándonos de Dios y de nuestra salvación. En la Biblia se citan algunos casos de posesiones diabólicas, que en la actualidad son más frecuentes de lo que podría pensarse y menos estereotipadas de lo que suelen pintarse o describirse en las películas. No todas son posesiones totales. Hay grados de posesión. Aunque muchas están disfrazadas de psicosis. Por eso, la oración, la penitencia y los sacramentos ayudan a las personas a sanar tanto el espíritu como el cuerpo; complementando con la recomendación de la atención médica especializada. En eso consiste la “unción de los enfermos”, que aplican los sacerdotes para recobrar la salud y que la gente llama coloquialmente “extrema unción” .
Están bien definidas en la historia y experiencia de la Iglesia las personas que por algún motivo quedan atrapadas en estas sugestiones. Son las que llevadas por una supuesta desgracia acuden a lo sobrenatural mediante el esoterismo, el dualismo, el maniqueísmo, la alquimia, los amuletos o alguna otra forma de magia o brujería. Los neófitos empiezan por dudar metodólogicamente, suplantan la providencia por la astrología, acuden a algún maestro hechicero, médium u oráculo chamán.... comienzan con cartas o limpias. Siguen por amuletos. Buscan librarse de algún mal y encuentran uno mayor. Establecen hechizos. Repiten extrañas oraciones. Participan en sesiones o ritos en pseudotemplos, implorando la intervención de espíritus superiores. Piden la revelación de conocimientos ocultos y metafísicos (sic), que les llevan a descubrir (sic) la divinidad que está dentro de sí mismos. Van de la incredulidad a la superstición, a la irreligión al gnostismo y la magia.
El diablo se apodera de sus imaginaciones, les hace creer que tienen nuevos poderes, que no les será necesario someterse a las leyes de la naturaleza, de Dios o de la Iglesia. Adquieren una nueva forma misteriosa de interpretar la realidad. Poco a poco, no de golpe, estos empiezan por creencias y prácticas sin importancia, y acaban por gritar insultos y blasfemias. En común estas personas viven el sufrimiento. Sufren culpa, pero temen arrepentirse; no recurren a la Iglesia ni asumen el perdón y la redención de la Cruz. Se enojan, mofan y hacen burla, mientras sufren intensamente y se consumen por dentro. Por eso, los exorcismos consisten en una confrontación personal, arrepentimiento y oración. Lograda su libertad las víctimas lloran como si volviesen a nacer... se libran del diablo, de su fracaso y de su tristeza. Desde luego, el sacerdote tiene que inducirles a asistir con un especialista médico.
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Ramón Godines, secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano señala respecto del satanismo: ¬En México el diablo sigue suelto, y sus adoradores se reúnen, en las noches, en los cementerios y en lugares abandonados... El avance de estos grupos alarma ya al Episcopado Mexicano, pues además de que funcionan en una total clandestinidad, son influidos por el auge del narcotráfico, del ¬¬New Age¬¬, de la mercadotecnia y del satanismo de Estados Unidos... Estos grupos proliferan sobre todo en la frontera norte. En sus misas negras, sacrifican a seres humanos y cometen otros graves actos inmorales...Proceso 1064.
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