Juan Diego, fundador de un pueblo numeroso
Cuauhtlatoatzin fue un indígenade filiación chichimeca.
Su nombre significa Águila que habla.
Nació en 1474 en el calpulli de Tlayácac en Cuauhtitlán, al noroeste de la cuenca del Anáhuac, ahora Valle de México.
Era entonces una antigua ciudad con grandes templos y edificios; perteneciente al reino de Texcoco, que se extendía hasta Tenayuca.
El indito creció entre colinas de arbolillos y arbustos, mesquites, nopales y magueyes, cerca de lo que fue el lago de Xaltocan.
El escenario era magnífico: Plantas y flores, pajarillos y aves de rapiña, conejos, venados y patos, peces y ranas, pastizales y árboles…
El aire era limpio y transparente, las estaciones y el clima estaban bien marcados.
En las mañanas el sol brillaba sobre los lagos y en las noches las estrellas tintineaban con esplendor.
El horizonte iniciaba en los glaciares del Popo y el Izta, y remataba en los bosques de las lomas de Chapultepec.
De sus ancestros había heredado enseñanzas, oficio, tierras y casas… que fueron para él un honor.
Debido a ello, fue reconocido en su poblado como un pilli o aristócrata.
Si bien, él se estimo a sí mismo como ser humano, gente común, un macehual, calificativo que se daba a quienes son merecidos por la sangre de los dioses.
De parte de su comunidad y familia, gracias a las tradiciones orales, estuvo bien informado en piedras, colinas, caminos, climas, semillas, plantas y animales.
Debió haber recibido como todos los niños de su tiempo, algún tipo de instrucción estimada como escolar, cultivando enseñanzas ancestrales sobre alimentación, caza, pesca, comercio, artesanía, música y danza.
...Además, conoció de códices y jeroglíficos en que se preservaba la cultura, la ciencia y el arte.
Creció como un joven muy educado y respetuoso; pasando gradualmente de amable, a bueno, a virtuoso y a ejemplar…
De conciencia humilde, obediente y dulce… sus palabras expresaban lo que cultivaba en su mente y en su corazón.
Se caracterizaba por sus finos modales aunque no fue de la realeza; era religioso aún sin ser sacerdote…poseía una magnífica condición física, y hasta es posible, que como varón libre y hábil, pudo ser militar en algún momento.
Nuestro personaje estuvo dedicado a la agricultura en tierras comunales y a elaborar artesanías con barro y plantas de la localidad.
Al igual que sus vecinos, seguramente confeccionó muchos de sus utensilios personales y comercializó sus productos en los tianguis.
Fue un hombre de piel bronceada, extraordinariamente saludable y longevo, comparativamente alto y seguramente delgado; derivado de una dieta de maíz, frijoles, aves y pescados; gracias a la vida de campo, caza, pesca y largas caminatas por las colinas y por los poblados de alrededor de los lagos.
Realizó las mejores obras de su vida siendo una persona mayor.
Conforme a las costumbres, se casó con una mujer de su localidad, de nombre Malintzin, alrededor de 1516, llevando una vida apacible, que discurría entre los colores de maravillosos amaneceres y ocasos, calor, lluvia y heladas.
En esa época debió haber procreado, porque tiempo después, a Gertrudis de Torres Vázquez y a María Antonia Jerónima de Escalona y Rojas, se les atribuyó ser parientes suyos, al ingresar a la vida conventual y ser consideradas como indias nobles, hacia 1700.
Dios mostraba en la naturaleza una generosa pedagogía de belleza, que llamaba espontáneamente a los hombres de buena fe y de buena voluntad, a la búsqueda de la verdad y del bien.
Es menester señalar que los náhuatls tenían creencias religiosas muy firmes, reconocían la existencia de un Dios, llamado Ometéotl.
Este conocimiento de teología natural no fue borroso ni incipiente sino claro y admirable, y no fue de sólo un excepcional individuo sino patrimonio cultural común.
Había muchos dioses populares, pero sólo un todo poderoso, creador y gobernador de todas las cosas y hombres.
No tenían dioses menores sino un Dios único, los otros dioses eran aspectos de él.
Un solo Dios y una sola causa, era sustancia y principio de todo el universo.
Los dioses eran aspectos de la infinitud de Ometéotl.
Esta creencia les permitía reconocer que Ometéotl radicaba en lo más alto de trece cielos y nueve infiernos, reconociéndosele como creador de lo existente y padre de los hombres… interpretando la vida como un proceso de perfección.
La vida giraba alrededor de la religión y no había un solo acto de la vida pública y privada que no estuviera teñida por el sentimiento religioso.
Era el factor preponderante que intervenía como causa en los juegos, los deportes y la guerra.
..Toda la vida era por el Dios por el que se vive.
Las atractivas y continuas festividades se acompañaban con comida, música, danzas, cantos y narraciones.
Los pobladores del valle eran relativamente semejantes por sus raíces y rasgos raciales, y porque la mayoría hablaba Náhuatl, pero también muy diferentes entre sí, por costumbres sociales y actividades económicas, educación y moral, señoríos políticos y fuerza militar.
Los pueblos se erguían alrededor de los diversos lagos e islotes, comunicados por veredas, canoas y por calzadas a manera de puentes.
Texcoco, Chalco, Xochimilco, Tacuba, Azcapotzalco, Tlaltelolco y Tenochtitlán, constituían las más importantes concentraciones urbanas.
Los mexicas habían llegado al Anáhuac durante el siglo XI, estableciéndose primero en Amecameca, después en Chapultepec y finalmente donde hoy está el Zócalo, cuando vieron un águila devorando una serpiente, fundando Tenochtitlán sobre un islote hacia 1325.
Los mexicas emprendían guerras de sometimiento y de tributos contra sus vecinos y sobre pueblos lejanos situados al oriente, al sur y al poniente de Mesoamérica; a pesar de ello, sus vecinos de Tacuba, Texcoco, Cholula y Tlaxcala, lograron conservar una relativa autonomía, porque la táctica política de los mexicas no era incorporar pueblos sino confederarlos; de manera que nuestro personaje no estuvo bajo dominio azteca.
En 1519 se corría la voz y la alarma por la llegada de un ejército, proveniente del mar.
-¿Acaso era éste el regreso de Quetzalcóatl?
En su avance hacia la metrópoli, los extranjeros causaban muertes; y miles de cholultecos fueron exterminados.
Prosiguiendo hacia el collado de las montañas nevadas -hoy Paso de Cortés- los españoles contemplaron el esplendor natural y urbano del Anáhuac.
Los europeos y los nativos eran tan distantes en culturas, razas e idiomas, que la confusión hacía presa de todos! … sin embargo, la idea de derrotar a los mexicas, los unió.
Las hostilidades explotaron cuando se integró una alianza de los pueblos opuestos a Tenochtitlán.
La guerra fue impresionante: involucró más de medio millón de guerreros, al lado de unos cuantos centenares de soldados, jinetes y bergantines españoles.
Los crudos combates duraron 93 días, hasta que la magnitud del enfrentamiento, los metales, la pólvora, los barcos, la estrategia militar superior y el hambre, acabaron con el señorío azteca.
Tras la batalla, los pueblos indígenas no pudieron consolidar la alianza entre sí, ni con los extranjeros, sino zozobraron ante el sometimiento español.
Nuestro indito padeció las angustias de quienes se saben amenazados por acontecimientos bélicos a poca distancia de su hogar …las sufrió en su propia persona, familia y comunidad.
¡La violencia no se detuvo!
La violencia y la conquista continuaron después de la derrota de Tenochtitlán en 1521.
Siguieron los asesinatos, las intrigas y los despojos, las venganzas y las traiciones, los sometimientos y los castigos, así como el avance de los extranjeros hacia todos los puntos cardinales.
Los europeos pretendían la expansión del imperio Habsburgo con sede en Austria, a cargo del emperador Carlos V.
A cualquier costo, la consigna consistía en expandir la Nueva España hasta donde llegasen las expediciones de conquista.
-¿Era el fin del mundo pronosticado por los ancestros?
Los diques de los lagos fueron destruidos, las aguas dulces y las salitrosas se confundieron, inundando los poblados en los islotes y en las orillas, muriendo los peces y las aves, sobreviniendo el hambre por doquier.
En adición, los caballos, los borregos y otros animales traídos de Europa, más las quemas destruyeron los bosques, los sembradios, los caminos y las ciudades… la ecología de la cuenca se dañó irreparablemente.
El mundo indígena se derrumbó social, económica, política y religiosamente….
La depresión anímica ondeaba por doquier…y en adición, millones… sí, millones de niños, adultos y ancianos, morían en epidemias causadas por contagio de virus portados por los extranjeros.
La muerte reinaba por doquier:¡Más de la mitad de los habitantes de la cuenca murió!
La creencia náhuatl de que el mundo se acababa cada 52 años, según lo establecía el Calendario Azteca, parecía cumplirse en el choque cultural más diversificado que registraba la historia.
…La esperanza de que el mundo renacería, estaba agotada!
…Si bien el resurgimiento del mundo era anhelado, ya no era esperado por los indígenas!
-¿Cómo lograr la paz entre tanta violencia?
-¿Cómo podría gestarse alguna unidad entre tal diversidad? ¿Cómo erguir un pueblo nuevo partiendo de tanta enemistad?
Entonces, llegaron los misioneros, solicitados y requeridos por probados dones de sabiduría y santidad.
Los misioneros confrontaron de inmediato ante la evidente barbarie de muchos encomenderos.
¡Ellos pensaron que habría que cristianizar, tanto a unos como a otros….!
Al principio ni siquiera había idioma en común.
Había que utilizar intérpretes y predicar mediante ellos.
…Así los misioneros construyeron los primeros templos cristianos con sus atrios, las posadas con piñatas, los nacimientos en navidad, los cánticos, las guitarras y el sincretismo festivo, observados con sorpresa por los nativos.
Cientos de miles de indígenas quedaban admirados, ante la bondad, la sabiduría y la pobreza de los frailes.
Fueron precisamente los texcocanos los primeros en convertirse al cristianismo, pues eran sumamente sensibles a la naturaleza y la paz, y las nuevas enseñanzas no les resultaban contrarias a sus viejas enseñanzas.
…Sin duda, la natural religiosidad náhuatl, favoreció la curiosidad nativa y la conversión al cristianismo!
Cuauhtlatoatzin oyó predicar a los primeros franciscanos llegados a México y se acercó a ellos.
Los misioneros iban a dar doctrina al tecpan o antiguo palacio de Tlaltelolco, en el corazón del mercado más grande de mesoamérica; a donde acudían miles de indígenas a realizar el trueque de mercaderías y a allegarse diversos bienes.
Las ceremonias religiosas y los sacramentos se impartían en la cabecera de los barrios, porque templos aún no se construían.
Sin embargo, la buena voluntad de los primeros franciscanos no tuvo el tino ni logró entender las antiguas creencias de un Dios superior y creador de los hombres y la naturaleza.
¡..Algunos de ellos escribieron en sus memorias, que se necesitaba de un milagro!
Nuestro indito fue bautizado en 1524, recibiendo el nombre cristiano de Juan Diego, junto con Malintzin, ahora de nombre María Lucía.
De conformidad con las leyes canónicas, los matrimonios naturales se sanean por su propio derecho, y ambos siguieron siendo felices esposos y asiduos asistentes al catecismo y a misa, trasladándose de continuo a Tlatelolco y a México, como también se le llamaba a Tenochtitlán.
La exclusividad de la pareja fue muy dura de aceptar para los indígenas, pues se rehusaban en bloque a aceptar la idea cristiana del matrimonio.
Juan Diego y María Lucía oyeron predicar al extraordinario educador, fray Pedro de Gante, decidiendo los esposos fortalecer las virtudes matrimoniales recomendadas por San Pablo.
Sabemos que después de bautizados ya no tuvieron descendencia.
Lamentablemente, María Lucia murió al poco tiempo, quedando Juan Diego viudo en 1529.
Ella probablemente murió a consecuencia de las nuevas enfermedades para las que la medicina local no tenía remedio.
Conforme era común entre las fuertes y cariñosas tradiciones de las familias náhuas, Juan Diego, aunque era ya un hombre mayor, se quedó a vivir en el poblado de Tultepac, cerca de Ecatepec, con su tío anciano, Juan Bernardino, también ya cristianizado… pues uno reconocía a otro, por verdadero padre e hijo, asumiendo responsabilidad y cuidado de las personas y las posesiones heredadas de sus mayores.
Esta era una de las primeras familias cristianas, erguidas sobre la cultura nativa.
Sucedió a diez años de la caída de la gran Tenochtitlán…
La mañana del 9 de diciembre de 1531 venía de su pueblo, cuando al pasar junto al Cerro del Tepeyac oyó cantos preciosos de pájaros y una voz que decía “Juanito, Juan Dieguito”.
Subió a la cumbre y vio una señora que estaba allí de pie… su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris.
Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Juan Diego dijo:
-¿Por ventura soy digno de lo que oigo?
-¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy?
¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestro mayores?¿Acaso ya en el cielo?
Vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.
Se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, “Juanito, el más pequeño de mis hijos.
Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; Señor del Cielo y de la tierra”.
“…Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti y a todos ustedes juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.
¡Ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo!
Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: -“Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo”.
Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y que se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco.
En seguida le dio el recado; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó.
Después de oír toda su plática el fraile le respondió: -“Otra vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio”.
Juan Diego salió de ahí y se vino triste.
El mismo día se volvió y se vino a la cumbre del cerrillo.
Juan Diego se postró delante de ella y dijo: -“Señora, las más pequeña de mis hijas.
Niña mía.
Fui a donde me enviaste, entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, me recibió benignamente y me oyó con atención; pero pareció que no la tuvo por cierto, él piensa que es quizás invención mía; por lo cual te ruego encarecidamente, que a alguno de los principales, conocidos, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje para que le crean …porque yo soy hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda”.
Le respondió la Santísima Virgen: -“Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo”.
-“Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; iré a hacer tu voluntad”.
Al día siguiente, domingo 10 de diciembre, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlaltelolco.
Casi a las diez se presentó, después de que se oyó misa y se dispersó el gentío.
Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo.
El señor obispo para cerciorarse le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; sin embargo, no le dio crédito, era muy necesario alguna señal; para que se le pudiera creer.
El obispo le despidió. Mandó inmediatamente a unas gentes, que le vinieran siguiendo y vigilando.
Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras de él, lo perdieron; así es que regresaron y fueron a informar al señor obispo que no le creyera; le dijeron que nomás le engañaba; o que únicamente soñaba lo que decía y pedía.
Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen.
-“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido”.
Al día siguiente lunes 11 de diciembre, Juan Diego ya no volvió... porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad y estaba muy grave.
El martes, muy de madrugada, 12 de diciembre, se vino Juan Diego de su casa a Tlatelolco pensando: Me voy directamente, no sea que me vaya a ver la Señora y en todo caso me detenga.
Dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado.
Ella salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: -“Hijo mío el más pequeño, a donde vas?”
Se apenó él. Juan Diego se inclinó delante de ella: -“Niña mía, las más pequeña de mis hijas.
Voy a causarte aflicción sabe; Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste y está para morir.
Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle”.
Respondió la piadosísima Virgen: -“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia.
¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?
No te apene ni te inquiete cosa alguna; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó.
Juan Diego se consoló mucho y quedó contento.
La señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo. “Sube, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas y recógelas; enseguida baja y tráelas a mi presencia”.
Subió Juan Diego y se asombró mucho de que hubieran brotado tantas exquisitas rosas de Castilla.
Luego empezó a cortarlas; las juntó todas y las echó en su regazo.
-“Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla.
¡Tú eres mi embajador, muy digno de confianza!
Te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo”.
Él se puso en camino por la calzada que viene derecho a México, ya contento y seguro de salir bien.
Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado.
Les rogó le dijeran que deseaba verle.
Fueron luego a decir al obispo lo que pretendía el indito que tantas veces había venido.
El señor obispo cayó en cuenta de que traía la prueba.
Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes le hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje.
Dijo: Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, la preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme. Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad.
Me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
Después de que fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que las trajera y a ti en persona te las diera.
Ella me dijo que te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje.
Helas aquí: recíbelas!
Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac.
Luego que el señor obispo vio el milagro, él y todos los que allí estaban se arrodillaron.
El obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón.
El obispo se levantó para desatar el ayate del cuello de Juan Diego, y lo llevó a su oratorio.
Aquel día nuestro indito estaba en paz por haber cumplido con la encomienda y seguro de que su tío habría ya sanado.
Pasó la noche en casa del prelado y éste le dijo al día siguiente: -“Anda vamos a que me muestres el lugar en que la Madre de Dios desea se erija su templo”.
Llegaron al Tepeyac y recorrieron cada uno de los sitios de las apariciones.
Era ya el 13 de diciembre y él un hombre de 57 años.
Juan Diego pidió permiso para ver a su tío, y el obispo instruyó para que le acompañasen parientes de él.
Los españoles acompañaron a Juan Diego y el pueblo se admiró de que viniese acompañado de ellos.
Al llegar a Tulpetlac constataron que Juan Bernardino estaba totalmente sano.
Juan Diego contó a su tío lo que había acontecido y el tío Juan Bernardino narró que a él también se le había aparecido la Santa Virgen …y era en apariencia igual a la que describió su sobrino, y que ella le había instruido para que fuese también a ver al obispo y que testificara lo que había visto, diera razón de haber recobrado la salud y manifestar que ella deseaba ser nombrada así:¡La perfecta Virgen Santa María de Guadalupe!
Tío y sobrino regresaron a México y narraron lo sucedido al obispo, quien los hospedó por varios días en su casa.
Los náhuas sabían que al acontecer el milagro guadalupano fue una maravillosa e inesperada sorpresa.
Por doquier se difundió que había acontecido algo insólito; entusiastas y alegres, miles acudían a visitar la imagen y tratar de averiguar en que consistía el mensaje.
De todos los pueblos venían a admirar la preciosa imagen y reconocer su carácter divino y constatar que ningún hombre la pintó.
Alegremente los indígenas veían los dibujos del vestido y podían leerlos, y saber que una flor brotó en el cielo y bajó al Tepeyac, lugar de Tonantzin, difundiendo su aroma por todas partes, brotando agua vital, en la ciudad señorial que emite cantos que llegan al cielo… desde antiguo, allí veneraban a la madre de dios.
De inmediato se decidió que la Imagen fuese llevada a la Iglesia Mayor, hoy catedral, de manera que toda la gente pudiese venerarla y presentarle sus peticiones.
En esos días, Juan Diego se dedicó a acompañar a